lunes 13 de febrero de 2012

NUEVO LIBRO: EL SÍNDROME DE ELKOFF

Acaba de salir a la luz mi último libro, titulado EL SÍNDROME DE ELKOFF, un poemario que ganó el año pasado el XI Premio Porticvs de Poesía, convocado por el Grupo Literario homónimo en colaboración con el Ayuntamiento de Villanueva de la Serena (Badajoz).



se desprenden las horas del eje del reloj

descienden por las cuerdas del péndulo
y quedan adheridas a mis paredes cóncavas
un momento
hasta que el viento se las lleva a un lugar sin retorno

caen los sueños de todas las cornisas
desde donde esperaban verme aparecer
y algún mar sin escrúpulos
los cubre con sus olas de noche derretida

cuando llego
farfullan sus últimas palabras de ilusiones rotas
y sus bocas se cierran en un silencio eterno

como siempre
se me escapa cualquier acceso a un instante habitable
y se me va el aliento
corriendo detrás de cada sueño fugitivo

el tiempo suele aliarse contra mí
y su huella se me clava en la piel como un parásito

martes 7 de febrero de 2012

BICENTENARIO DE CHARLES DICKENS


Hoy se celebra el bicentenario del nacimiento de Charles John Huffam Dickens (Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – Gads Hill Place, Inglaterra, 9 de junio de 1870), y para recordarlo dejo aquí una de sus historias de fantasmas:

CONFESIÓN ENCONTRADA EN UNA PRISIÓN DE LA ÉPOCA DE CARLOS II

Tenía el grado de teniente en el ejército de Su Majestad y serví en el extranjero en las campañas de 1677 y 1678. Concluido el tratado de Nimega, regresé a casa y, abandonando el servicio militar, me retiré a una pequeña propiedad situada a escasos kilómetros al este de Londres, que había adquirido recientemente por derechos de mi esposa.
Ésta será la última noche de mi vida, por lo que expresaré toda la verdad sin disfraz alguno. Nunca fui un hombre valiente, y siempre, desde mi niñez, tuve una naturaleza desconfiada, reservada y hosca. Hablo de mí mismo como si no estuviera ya en el mundo, pues mientras escribo esto están cavando mi tumba y escribiendo mi nombre en el libro negro de la muerte.
Poco después de mi regreso a Inglaterra mi único hermano contrajo una enfermedad mortal. Esta circunstancia apenas me produjo dolor alguno, pues casi no nos habíamos relacionado desde que nos hicimos adultos. Él era un hombre generoso y de corazón abierto, de mejor aspecto físico que yo, más satisfecho de la vida y en general amado. Los que por ser amigos suyos quisieron conocerme en el extranjero o en nuestro país, raras veces seguían viéndome mucho tiempo, y solían decir en nuestra primera conversación que se sorprendían de encontrar dos hermanos que fueran tan distintos en sus maneras y aspecto. Acostumbraba yo a provocar esa declaración, pues sabía las comparaciones que iban a hacer entre ambos y, como sentía en mi corazón una enconada envidia, trataba de justificarla ante mí mismo.
Nos habíamos casado con dos hermanas. Este vínculo adicional entre nosotros, tal como lo considerarían algunos, en realidad sirvió sólo para apartarnos más. Su esposa me conocía bien. Nunca, estando ella presente, mostré mis celos o rencores secretos, pero aquella mujer los conocía tan bien como yo. Nunca, en aquellos momentos, levanté mi vista sin encontrar la suya fija en mí; nunca miré al suelo o hacia otra parte sin tener la sensación de que seguía vigilándome. Para mí era un alivio inexpresable cuando disputábamos, y fue un alivio todavía mayor cuando, encontrándome en el extranjero, me enteré de que había muerto. Tengo ahora la sensación de que era como si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible prefiguración de lo que ha sucedido desde entonces. Tenía miedo de ella, me obsesionaba; su mirada fija vuelve ahora hacia mí como el recuerdo de un sueño oscuro, haciendo que se enfríe mi sangre.
Ella murió poco después de dar a luz a un hijo, un niño. Cuando mi hermano supo que había perdido toda esperanza de recuperación en su propia enfermedad, llamó a mi esposa junto a su lecho y confió el huérfano a su protección, un niño de cuatro años. Legó al niño todas las propiedades que tenía y escribió en el testamento que, en caso de que muriera su hijo, las propiedades pasaran a mi esposa como único reconocimiento que podía hacerle de sus cuidados y amor. Cambió conmigo unas cuantas palabras fraternales, deplorando nuestra prolongada separación y, hallándose agotado, se hundió en un sueño del que nunca despertó.
Nosotros no teníamos hijos, y como entre las hermanas había existido un afecto profundo, y mi esposa había ocupado casi el lugar de una madre para aquel muchacho, lo amaba como si ella misma lo hubiera tenido. El niño estaba muy unido a ella, pero era la imagen de su madre tanto en el rostro como en el espíritu, y desconfió siempre de mí.
No puedo precisar la fecha en la que tuve por primera vez aquella sensación, pero sé que muy poco después empecé a sentirme inquieto cuando estaba junto a aquel niño. Siempre que salía de mis melancólicos pensamientos, lo encontraba mirándome con fijeza, pero no con esa simple curiosidad infantil, sino con algo que contenía el propósito y el significado que con tanta frecuencia había observado yo en su madre. No se trataba de un resultado de mi fantasía, basado en el gran parecido que tenía con ella en los rasgos y la expresión. Jamás lo sorprendí con la mirada baja. Me tenía miedo, pero al mismo tiempo parecía despreciarme instintivamente; y aunque retrocediera ante mi mirada, tal como solía hacer cuando estábamos a solas, aproximándose a la puerta seguía manteniendo fijos en mí sus ojos brillantes.
Es posible que me esté ocultando a mí mismo la verdad, pero no creo que cuando comenzó todo aquello hubiera pensado yo en hacerle mal alguno. Quizá considerara lo bien que nos vendría su herencia, y hasta puede que deseara su muerte, pero creo que jamás pensé en lograrla por mis propios medios. La idea no me llegó de repente, sino poco a poco, presentándose al principio con una forma difusa, como a gran distancia, de la misma manera que los hombres pueden pensar en un terremoto, o en el último día de su vida, que luego se va acercando más y más, perdiendo con ello parte de su horror e improbabilidad, y luego toma carne y hueso; o mejor dicho, se convierte en la sustancia y la suma total de todos mis pensamientos diarios y en una cuestión de medios y de seguridad; ya no existe el planteamiento de cometer o no el hecho.
Mientras todo aquello sucedía en mi interior, no podía soportar que el niño me viera mientras yo lo miraba, pero una fascinación me arrastraba a contemplar su cuerpo ligero y frágil pensando en lo fácil que me resultaría hacerlo. A veces me deslizaba escaleras arriba y lo observaba mientras dormía, pero lo más habitual era que rondara por el jardín cerca de la ventana de la habitación en la que se hallaba inclinado realizando sus tareas, y allí, mientras él permanecía sentado en una silla baja al lado de mi esposa, yo lo miraba durante horas escondido detrás de un árbol: escondiéndome y sorprendiéndome, como el infeliz culpable que era, ante el menor ruido provocado por una hoja, pero volviendo a mirar de nuevo.
Muy próxima a nuestra casa, pero lejos de nuestra vista, y también de nuestro oído en cuanto el viento se agitara mínimamente, había una extensión profunda de agua. Empleé varios días en dar forma con mi navaja a un tosco modelo de bote, que por fin terminé y dejé donde el niño pudiera encontrarlo. Me oculté entonces en un lugar secreto por el que tendría que pasar si se escapaba a solas para hacer navegar el juguetito, y aguardé allí su llegada. No llegó ni ese día ni al siguiente, aunque esperé desde el mediodía hasta la caída de la noche. Estaba convencido de haberlo apresado en mi red, pues lo oí hablar del juguete, y sé que, en su placer infantil, lo guardaba a su lado en la cama. No sentía cansancio ni fatiga, sino que esperaba pacientemente, y al tercer día pasó junto a mí corriendo gozosamente con sus cabellos sedosos al viento y cantando, que Dios se apiade de mí, cantando una alegre balada cuyas palabras apenas podía cecear.
Me deslicé tras él ocultándome en unos matorrales que crecían allí y sólo el diablo sabe con qué terror yo, un hombre hecho y derecho, seguía los pasos de aquel niño que se aproximaba a la orilla de agua. Estaba ya junto a él, había agachado una rodilla y levantado una mano para empujarlo, cuando vi una sombra en la corriente y me di la vuelta.
El fantasma de su madre me miraba desde los ojos del niño. El sol salió de detrás de una nube: brillaba en el cielo, en la tierra, en el agua clara y en las gotas centelleantes de lluvia que había sobre las hojas. Había ojos por todas partes. El inmenso universo completo de luz estaba allí para presenciar el asesinato. No sé lo que dijo; procedía de una sangre valiente y varonil, y a pesar de ser un niño no se acobardó ni trató de halagarme. No le oí decir entre lloros que trataría de amarme, ni le vi corriendo de vuelta a casa. Lo siguiente que recuerdo fue la espada en mi mano y al muerto a mis pies con manchas de sangre de las cuchilladas aquí y allá, pero en nada diferente del cuerpo que había contemplado mientras dormía... estaba, además, en la misma actitud, con la mejilla apoyada sobre su manecita.
Lo tomé en los brazos, con gran suavidad ahora que estaba muerto, y lo llevé hasta una espesura. Aquel día mi esposa había salido de casa y no regresaría hasta el día siguiente. La ventana de nuestro dormitorio, el único que había en ese lado de la casa, estaba sólo a escasos metros del suelo, por lo que decidí bajar por ella durante la noche y enterrarlo en el jardín. No pensé que había fracasado en mi propósito, ni que dragarían el agua sin encontrar nada, ni que el dinero debería aguardar ahora por cuanto yo tenía que dar a entender que el niño se había perdido, o lo habían raptado. Todos mis pensamientos se concentraban en la necesidad absorbente de ocultar lo que había hecho.
No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente de hombre capaz de concebir, cómo me sentí cuando vinieron a decirme que el niño se había perdido, cuando ordené buscarlo en todas las direcciones, cuando me aferraba tembloroso a cada uno de los que se acercaban. Lo enterré aquella noche. Cuando separé los matorrales y miré en la oscura espesura vi sobre el niño asesinado una luciérnaga, que brillaba come el espíritu visible de Dios. Miré a su tumba cuando lo coloqué allí y seguía brillando sobre su pecho: un ojo de fuego que miraba hacia el cielo suplicando a las estrellas que observaran mi trabajo.
Tuve que ir a recibir a mi esposa y darle la noticia, dándole también la esperanza de que el niño fuera encontrado pronto. Supongo que todo aquello lo hice con apariencia de sinceridad, pues nadie sospechó de mí. Hecho aquello, me senté junto a la ventana del dormitorio el día entero observando el lugar en el que se ocultaba el terrible secreto.
Era un trozo de terreno que había cavado para replantarlo con hierba, y que había elegido porque resultaba menos probable que los rastros del azadón llamaran la atención. Los trabajadores que sembraban la hierba debieron pensar que estaba loco. Continuamente les decía que aceleraran el trabajo, salía fuera y trabajaba con ellos, pisaba la hierba con los pies y les metía prisa con gestos frenéticos. Terminaron la tarea antes de la noche y entonces me consideré relativamente a salvo.
Dormí no como los hombres que despiertan alegres y físicamente recuperados, pero dormí, pasando de unos sueños vagos y sombríos en los que era perseguido a visiones de una parcela de hierba, a través de la cual brotaba ahora una mano, luego un pie, y luego la cabeza. En esos momentos siempre despertaba y me acercaba a la ventana para asegurarme de que aquello no fuera cierto. Después, volvía a meterme en la cama; y así pasé la noche entre sobresaltos, levantándome y acostándome más de veinte veces, y teniendo el mismo sueño una y otra vez, lo que era mucho peor que estar despierto, pues cada sueño significaba una noche entera de sufrimiento. Una vez pensé que el niño estaba vivo y que nunca había tratado de asesinarlo. Despertar de ese sueño significó el mayor dolor de todos.
Volví a sentarme junto a la ventana al día siguiente, sin apartar nunca la mirada del lugar que, aunque cubierto por la hierba, resultaba tan evidente para mí, en su forma, su tamaño, su profundidad y sus bordes mellados, como si hubiera estado abierto a la luz del día. Cuando un criado pasó por encima creí que podría hundirse. Una vez que hubo pasado miré para comprobar que sus pies no hubieran deshecho los bordes. Si un pájaro se posaba allí me aterraba pensar que por alguna intervención extraña fuera decisivo para provocar el descubrimiento; si una brisa de aire soplaba por encima, a mí me susurraba la palabra asesinato. No había nada que viera o escuchara, por ordinario o poco importante que fuera, que no me aterrara. Y en ese estado de vigilancia incesante pasé tres días.
Al cuarto día llegó hasta mi puerta un hombre que había servido conmigo en el extranjero, acompañado por un hermano suyo, oficial, a quien nunca había visto. Sentí que no podría soportar dejar de contemplar la parcela. Era una tarde de verano y pedí a los criados que sacaran al jardín una mesa y una botella de vino. Me senté entonces, colocando la silla sobre la tumba, y tranquilo, con la seguridad que nadie podría turbarla ahora sin mi conocimiento, intenté beber y charlar.
Ellos me desearon que mi esposa se encontrara bien, que no se viera obligada a guardar cama; esperaban no haberla asustado. ¿Qué podía decirles, con lengua titubeante, acerca del niño? El oficial al que no conocía era un hombre tímido que mantenía la vista en el suelo mientras yo hablaba ¡Incluso eso me aterraba! No podía apartar de mí idea de que había visto allí algo que le hacía sospechar la verdad. Precipitadamente le pregunté si suponía que... pero me detuve.
-¿Que el niño ha sido asesinado? -contestó mirándome amablemente-. ¡Oh, no! ¿Qué puede ganar un hombre asesinando a un pobre niño?
Yo podía contestarle mejor que nadie lo que podía ganar un hombre con tal hecho, pero mantuve la tranquilidad, aunque me recorrió un escalofrío.
Entendiendo equivocadamente mi emoción, ambos se esforzaron por darme ánimos con la esperanza de que con toda seguridad encontrarían niño -¡qué gran alegría significaba eso para mí!- cuando de pronto oímos un aullido bajo y profundo, y saltaron sobre el muro dos enormes perros que, dando botes por el jardín, repitieron los ladridos que ya habíamos oído.
-¡Son sabuesos! -gritaron mis visitantes.
¡No era necesario que me lo dijeran! Aunque en toda mi vida hubiera visto un perro de esa raza, supe lo que eran y para qué habían venido. Aferré los codos sobre la silla y ninguno de nosotros habló o se movió.
-Son de pura raza -comentó el hombre al que había conocido en el extranjero-. Sin duda no habían hecho suficiente ejercicio y se han escapado.
Tanto él como su amigo se dieron la vuelta para contemplar a los perros, que se movían incesantemente con el hocico pegado al suelo, corriendo de aquí para allá, de arriba abajo, dando vueltas en círculo, lanzándose en frenéticas carreras, sin prestarnos la menor atención en todo el tiempo, pero repitiendo una y otra vez el aullido que ya habíamos oído, y acercando el hocico al suelo para rastrear ansiosamente aquí y allá. Empezaron de pronto a olisquear la tierra con mayor ansiedad que nunca, y aunque seguían igual de inquietos, ya no hacían recorridos tan amplios como al principio, sino que se mantenían cerca de un lugar y constantemente disminuían la distancia que había entre ellos y yo.
Llegaron finalmente junto al sillón en el que yo me hallaba y lanzaron una vez más su terrorífico aullido, tratando de desgarrar las patas de la silla que les impedía excavar el suelo. Pude ver mi aspecto en el rostro de los dos hombres que me acompañaban.
-Han olido alguna presa -dijeron los dos al unísono.
-¡No han olido nada! -grité yo.
-¡Por Dios, apártese! -dijo el conocido mío con gran preocupación-. Si no, van a despedazarle.
-¡Aunque me despedacen miembro a miembro no me apartaré de aquí! -grité yo-. ¿Acaso los perros van a precipitar a los hombres a una muerte vergonzosa? Ataquémosles con hachas, despedacémoslos
-¡Aquí hay algún misterio extraño! -dijo el oficial al que yo no conocía, sacando la espada-. En el nombre del Rey Carlos, ayúdame a detener a este hombre.
Ambos saltaron sobre mí y me apartaron, aunque yo luché, mordiéndolos y golpeándolos como un loco. Al poco rato ambos me inmovilizaron, y vi a los coléricos perros abriendo la tierra y lanzándola al aire con las patas como si fuera agua.
¿He de contar algo más? Que caí de rodillas, y con un castañeteo de dientes confesé la verdad y rogué que me perdonaran. Me han negado el perdón, y vuelvo a confesar la verdad. He sido juzgado por el crimen, me han encontrado culpable y sentenciado. No tengo valor para anticipar mi destino, o para enfrentarme varonilmente a él. No tengo compasión, ni consuelo, ni esperanza, ni amigo alguno. Felizmente, mi esposa ha perdido las facultades que le permitirían ser consciente de mi desgracia o de la suya. ¡Estoy solo en este calabozo de piedra con mi espíritu maligno, y moriré mañana!

domingo 22 de enero de 2012

La leyenda de Carlomagno (Italo Calvino)



LA LEYENDA DE CARLOMAGNO

El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.


(Arriba: Retrato de Carlomagno realizado por Alberto Durero en 1512)



Italo Calvino (Cuba 1923 - Italia 1985)

jueves 12 de enero de 2012

domingo 1 de enero de 2012

martes 27 de diciembre de 2011

PREMIO EN TENERIFE


El Círculo de Amistad XII de Enero de Santa Cruz de Tenerife hizo público en la tarde del pasado jueves el fallo de su V Certamen de Cuentos de Navidad:

Primer premio, dotado con 1.200 € y diploma: 'Relato navideño de la desolación', de Manuel Terrín Benavides (Albacete)

Segundo premio, dotado con 600 € y diploma: 'Burcardo', de Yose Álvarez-Mesa (Asturias)

Accésit con diploma: 'La estrella de plata', de Carmen Fernández Pérez (Vitoria)


(Pintura de Navidad de Caravaggio)

domingo 25 de diciembre de 2011

viernes 16 de diciembre de 2011

PREMIO EN ALCORCÓN (MADRID)



El martes 13 de diciembre, en el Centro Cultural Los Pinos, tuvo lugar la entrega de premios del  XXI Certamen de Poesía convocado por la Asociación de Mujeres Progresistas por la Igualdad (AMPPI) de Alcorcón.

El jurado otrogó los siguientes premios:

Primer Premio: 'Haikus de agosto', de Yose Álvarez-Mesa
Segundo Premio: 'Lamento tardío', de Andrés Francisco Rodríguez Blanco
Mención de honor: 'Silencios de mujer', de Noel Fernández Martínez




HAIKUS  DE AGOSTO



tarde grisácea
pequeños pies desnudos
sobre los charcos


el negro recorrido
de las hormigas
muere en el té


los eucaliptos
se inclinan con el viento
¡qué reverencia!


corre la oca
detrás de sus polluelos
hacia el maíz


por la pradera
mariposas azules
siguen su sombra


indescriptible
el reflejo del sol
en la libélula


ah si supiera
la hormiga que depende
de mis pisadas


cables del cielo
los gorriones se juntan
a ver la tarde


en el estanque
barquito de papel
letras mojadas


sobre la acequia
cae la flor del cerezo
velero blanco


teje su tela
la araña en el zarzal
¡qué temeraria!


nido vacío
otea el horizonte
la alondra triste


giran y giran
las aspas del molino
no pasa nada


cierro los ojos
casi siento pasar
la madrugada

el aguacero
borra de las fachadas
tu nombre azul


domingo 27 de noviembre de 2011

PREMIO EN GINES (SEVILLA)


El jueves 24 se entregaron los premios del certamen de relatos "Sentimientos de Mujer", convocado por la Concejalía de Igualdad y Bienestar Social del ayuntamiento de Gines (Sevilla), con motivo del Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres.

El acto tuvo lugar en la Casa Amarilla, sede del Centro de Servicios Sociales Comunitarios, y comenzó con un café literario con Ángela Carrión, autora del libro "Ansiada libertad" cuya temática gira en torno a los malos tratos.

A continuación tuvo lugar la entrega de galardones a las premiadas:
Categoría nacional: YOSE ÁLVAREZ-MESA
Categoría local: EVA BORONDO TORRES

Estuvieron presentes el alcalde, Manuel Camino, la Delegada de Igualdad de Gines, Candelaria Pérez, y la Delegada de la Mujer de Bormujos, Mercedes Lidueñas. La actividad contó con la colaboración del Punto de Información a la Mujer de Bormujos, la Asociación de Mujeres Lectoras, y la Asociación Los Linares.

sábado 12 de noviembre de 2011

El gesto de la muerte. Jean Cocteau


EL GESTO DE LA MUERTE


Un joven jardinero persa dice a su príncipe:


-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.


El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:


-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?


-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

 Jean Cocteau (1889-1963)



Retrato de Jean Cocteau (1916, Amedeo Modigliani))

domingo 23 de octubre de 2011

DIEZ POEMAS PARA AHUYENTAR LA LLUVIA (Vicente Martín)


DIEZ POEMAS PARA AHUYENTAR LA LLUVIA


1

No fue tuya la idea,
ni tampoco
te explicaron que estabas tomando un autobús para turistas
y era parte del rito detenerse a mirar escaparates
o subir sin paraguas en las montañas rusas,
no señor,

a ti no te advirtieron de que cada minuto hacía clip un gatillo
y se ahogaba un guiñapo en una taza de té,
de que al amanecer
nunca estaban abiertos los colegios mayores ni había nadie
durmiendo en los pupitres.

A ti
te han vendado los ojos y te han puesto en las manos los cilicios
de algún taxidermista, te han contado
mil historias de magos que escribieron tu horóscopo y pusieron
un candil en las nubes
por si un día
te acostabas temprano y decidías probar si la textura de un sueño era algo así
como una cita a ciegas con la vida,
y de pronto, sin más, se te encontraba
fusilado en el bosque.

No fue tuya la idea, pero tú
te negaste a entender por qué se cierran con yeso los moteles para hacer el amor,
por qué en invierno la muerte nos llega una hora antes
y no hay tiempo
para cerner las dudas ni escoger el color de las palomas
que te vas a llevar en tu equipaje.


2

Te propongo
que hagamos del amor una cosa sencilla,
algo así
como un desangramiento sin cortarse las venas
o esperar a los ovnis navegando en un barco de papel,
te propongo romper en mil pedazos la mesura del mundo,
desandar las cautelas y empezar desde hoy mismo
simplemente
a mirarnos a mano,
a querernos a tientas y si hay pájaros
a besarnos a oscuras,
así, tal que un venero,
una brizna de hierba o el claxon de la luna.

No hay nada que merezca la pena si no cabe en un cestillo de mimbre,
nadie que nos obligue a ser otro o que nos muestre
yacimientos carnales donde el tiempo esté libre de pecado,
seríamos no más, aprenderíamos
a ver en la cintura de un junco la inocencia inicial de los minutos
que retornan de nuevo,
seré cisne,
serás mujer ternura,
la forma más sencilla de que cada mañana nos sorprenda
la nieve en calcetines.


3

Aquí estaba la casa
(entonces no sabíamos que la casa también eran los miedos,
las macetas ungidas al verano
y el jabón de la madre),
y al fondo,
como un secreto a voces,
el cielo a ras de tierra, el huerto y más allá
las ciudades sin nombre.

(Entonces casi todo lo ignorábamos,
las mañanas olían a almidón y las plegarias, ingenuas,
derretían las nubes).
Y aquí estaban también como a escondidas
la inocencia en el hielo y las pasiones más íntimas,
el padre sobriedad y las abuelas ternura,
aquí
donde ser niño
era un día de fiesta con vencejos y amarlos
y era amar la arboleda y no creer en fantasmas que llegaran a viejos
y era amar otros brazos que alargaran los tuyos.

Ya sé que he regresado de nuevo hasta estas lindes de la luz insegura
con el tiempo acotado en una suma de instantes,
que he llegado hasta aquí porque no hay nada en el mundo
que se pueda oponer a que uno muera en su casa,
con sus miedos,
junto al fuego extinguido y sin pactos terminales,
sin paraguas ni adioses obligados.


4

Qué importa que no seas
la mujer más hermosa de este mundo,
la Danae de Rembrandt, la Eurídice de Orfeo,
ni esa estrella de cine que aparece en las revistas de moda,

no eres bella ni fea,
no eres flaca ni vieja, ¿qué más quieres?

Qué importa que no tengas un estudio en la playa,
un Rolls Royce en la puerta,
un perro que te lama las ingles cuando truene
o un amante en inglés,
tú perteneces
a esa clase de gente que respira sin prisa y sobrevive
en tiempos de escasez,
¿qué más anhelas?

Y qué importa además si no frecuentas restaurantes de lujo,
si no llevas suavizante en el alma,
si te lloran los ojos cuando entierras un beso,
si al cruzar los semáforos te acontece un temblor,

que has sabido entender que los acuíferos manan sin permiso de nadie
y que no hay arrecifes tan abruptos que lleguen a las nubes,
tú eres como el agua,
transparente y sencilla como un día de pascua en que los árboles
se estiran como islas,
eres como de cuento,
como acequia sin bordes, como azul
de una llama que acaba de encenderse,
¿qué importa que no seas la mujer más hermosa del planeta?


5

Este esperar a solas
mirando cómo nada en un charco la tristeza,
¿tiene nariz y ojos,
suficientes razones para hacer del paisaje un dios a la deriva?

Este esperar a solas sin saber que te mueres y que llevas
toda una eternidad entre las manos,
esta melancolía que a la luz de una vela tiene nombre de pez,
¿es capaz de escribir sólo una página
sin aullidos de lobos,
sin puertas mal cerradas?

Y este esperar a solas sin emprender la huida
¿en qué carne menguante se hace árbol,
en qué rostro desanda los abismos de un hijo no nacido?

Hay quienes confunden las imágenes lúdicas
con un sueño de ayer,
hay quienes se empeñan en decirnos que la muerte
no es sino un nacer fuera de tiempo
y que por tanto
no merece la pena desvelarse, andar deprisa,
macerar con aceites la conciencia,

¿para qué?,
si esta espera es un signo indescifrable,
preocuparse por algo es el absurdo.


6

Yo pinté a una muchacha con el rostro de arroz,
la dibujé invisible,
así,
como de tarde o tal vez como de espuma,
la imaginé en las notas de una canción perdida
y de pronto pensé que debería obligarla a decir algo,
por ejemplo,
a darme una opinión sobre los árboles,
a hablar de la distancia entre la sed y el amor.

Pero tú no eres ella
y aunque lleves su nombre no eres ella,
aunque beba en tus pechos y acaricie tu sombra no eres ella
ni eres una palabra
porque nunca un vacío se ha podido colmar de mil palabras.

Es preciso
que miremos las cosas fríamente,
la luz invade el patio y ya no es tiempo
de tener en secreto los vinos del milagro,
debemos entender que se han quedado obsoletos nuestros sueños,
que vivir sólo ha sido una metáfora más o menos difícil
y ahora el mito es arcilla.

Las muchachas de arroz son las enaguas escuetas del paisaje,
tú el fulgor de las islas,
las muchachas de arroz son los caireles de un verso
y el último reducto de una orfandad inhóspita,
tú la mujer,
la madre.


7

No sé por qué razón, pero adelgazo
y me crecen las uñas,
me arrepiento de nada y sale el sol,
y si pido agua fresca
oigo al viento cruzar por los helechos:

debería pensarse si el dolor de las piedras predice un terremoto,
si el soñar con palmeras eunucas es la causa
de que duerman sin sexo los armarios,
de verdad,
no lo sé,
ni consigo entender por qué a las horas en punto
me supura el reloj, por qué no puedo
nombrar a los guijarros por su nombre de pila sin que anuncien
cocodrilos las manos
o por qué
cada vez que acudí a una cita a ciegas
apareciste tú.


8

Será ella,
la única segura,
inexorable,
y tú serás apenas la mitad de quien eres esperándola,
serás medio pulmón o la mitad de tu estómago,
serás acaso algún músculo que no quepa en tu cuerpo,
vendrá como ella quiera
de golpe o de puntillas, callada o anunciándose,
y tú no lo sabrás:

puede hacerte esperar o estar a punto de nieve entre tus cejas,
puede hacerse la loca agazapada en tus muebles
o esperarte a la puerta,
ser la bola de fuego de un avión que revienta
o el fatal desenlace de un error terapéutico,
para el caso es igual,
lo que aborrece
es causar desazones y esperas angustiosas,
por eso en muchos casos se comporta
de una forma especial:

una noche te acuestas y de pronto ella llega y tú no sabes
quién es, pero te abraza
y al calor de sus brazos te duermes para siempre.


9

Cuando nadie sea nadie y las medusas no acepten la vorágine
de las fosas comunes,
cuando nadie se hospede en los hoteles que fundaron los tímidos
y estén llenos de chinches los colchones
donde duermen de gris los diplomáticos,

cuando nadie sea nadie y ya no tengas
sombrero que ponerte ni mortaja que ahorrarte
y no existan
concubinas que atiendan recepciones de tirantes elásticos,

entonces
¿qué hacer de los legajos que custodia en su calvicie nasal el archivero,
qué hacer de los megáfonos que ahuyentan
en columnas de humo
los rumiantes olores de conciencia?

De nada habrá servido que los viejos murieran aclamando
la igualdad de los soviets,
de nada que aprendieran las viudas a salir a la calle sin llevarse hasta el mar
los quitasoles,
todo se olvidará
y acaso queden,
como huellas de sal, los urinarios y unas cuantas dentaduras postizas,
quizás alguna hiena
si es que puede vivir alimentándose
de las heces que fuimos ocultando en ataúdes de plata.


y 10

Existen muchas muertes que nunca aprenderás
porque siempre tuviste alma de niebla y te vendaste los ojos
para sobrevivir
como existen mil formas de vivir que no levantan sospechas
y mil formas de amar sin que te embarguen las alas
tus ángeles gemelos.

Pero debes saber no es posible aspirar a que la noche y la aurora te hagan libre
si no vienes a expensas
de un dolor descendente o del cilicio
de un exilio de Dios.

Lo bueno de la muerte es que no acepta componendas de nadie
ni es proclive al equívoco,
lo bueno es que está exenta de mendigos incómodos
y astronautas efímeros:
son muertes preventivas,
incipientes,
madrugadas de amigos que nos tienden la mano y está fría,
purgatorios que no usan albornoz ni se despeinan al meterse en la cama,
turistas que se frotan los ojos, beben agua de grifo y promocionan
pantalones tejanos.

Y es que hay gente que ha muerto de muertes que no sabe y se imagina
que oye música hindú,
gente que cuando sale a la calle toma coge un taxi
y usa preservativo,
son aquellos
que a escondidas se citan con los taxidermistas
y no encienden la luz para no ver
quién se acerca a su tumba.



Vicente Martín

miércoles 12 de octubre de 2011

ENTREGA DE PREMIOS CERTAMEN POÉTICO "PAN DE TRIGO", DE LA SOLANA (CIUDAD REAL)


El sábado 8 de octubre, en el Auditorio de la Casa de Cultura de La Solana (Ciudad Real), tuvo lugar la entrega de premios del XXII Certamen Poético Nacional “Pan de Trigo”. El acto estuvo presentado por Ramona Serrano y Paulino Sánchez, que dieron lectura al acta del jurado. A continuación se procedió a la entrega de galardones y lectura de trabajos premiados.

A mí me fue concedido el primer premio por mi “Poema 996”

Leyendo mi poema

El segundo premio se le otorgó a Restituto Núñez Cobos, de Castellar de Santiago (Ciudad Real) y residente en Córdoba, por su poema “El sueño del lucero y la doncella”

El tercer premio recayó en Manuel Luque Tapia, de Doña Mencía (Córdoba) por su poema “Sobre taburetes de nube”

El Premio Joven fue para Jesús Araque Valverde, de la Solana, por su poema ‘Parecidos’

A continuación el poeta Vicente Martín, ganador del primer premio en la convocatoria de 2010, leyó el pregón del certamen, en el que desgranó algunos de sus magistrales versos y nos dejó su personal visión de cómo hacer y entender la poesía.

Foto de los premiados con Vicente Martín

Foto de grupo de los premiados con algunos componentes de la Asociación Pan de Trigo e invitados.

Y mi última "foto en el umbral", en la iglesia de La Solana.



+ info:
http://www.lasolana.es/index.php/locales/3730-calidad-literaria-y-mucho-publico-en-el-xxii-certamen-poetico-de-pan-de-trigo

jueves 29 de septiembre de 2011